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¿QUÉ HABÉIS HECHO CON ESTOS HERMANOS?

 

DÍA 2 de octubre de 2014. A las 18.30 horas, en el patio del Cementerio Santa Catalina de Ceuta, dos féretros, sin nombre, en la intemperie del suelo. No había flores, ni velas, ni el olor del incienso. Una tarde fría, nublada y triste, con una neblina espesa cubriendo la ciudad, como si el cielo estuviera conmovido por lo que estaba ocurriendo entre aquellos muros cubiertos de lápidas y dedicatorias.

Junto a los cadáveres de los dos africanos subsaharianos víctimas del último naufragio ocurrido en el Estrecho, además del vicario de Ceuta, estábamos los que habíamos llegado desde el Secretariado de Migraciones, las Religiosas de Vedruna con algunas voluntarias, un grupo de inmigrantes de Mali y Burkina Fasso, residentes en el CETI, algunos amigos de Ceuta y los medios de comunicación que habían ido a cubrir el acto.

Entre todos hicimos un corro para arropar con nuestro cariño y afecto a los dos inmigrantes fallecidos en esta tragedia. En medio de un silencio respetuoso, resonaron estas palabras: "Vuestros seres queridos tal vez no sepan nada de lo que está sucediendo aquí, en este camposanto, pero no estáis solos ni abandonados. Dios os quiere y llora por vosotros. Y tenéis toda la ternura y el afecto de cada uno de nosotros, que hoy somos vuestra familia. Queremos acompañaros con todo el cariño, como lo hubieran hecho vuestros padres y hermanos".

cuando se cumple el aniversario de Lampedusa, vuelven a resonar las palabras del Papa Francisco: "¿Qué habéis hecho con estos hermanos? ¿Dónde están vuestros hermanos?".

La lectura sosegada y sentida del Apocalipsis y del salmo 22 nos ayudaba a comprender que el Buen Pastor había descendido desde lo alto del cielo hasta los abismos del mar bravo del Estrecho para rescatarlos y llevarlos al cielo y la tierra nueva. Esa tierra que sueñan todos los emigrantes al salir y que no llegaron a alcanzar, porque trágicamente se truncó en la inmensa y oscura soledad del mar.

Aquí en el Sur, el mundo está dividido en dos orillas. La orilla de los pobres y la otra orilla del bienestar. Y nuestra orilla del bienestar es una fortaleza cada vez más defendida e impenetrable. Por eso, cuando se cumple el aniversario de Lampedusa, vuelven a resonar las palabras del Papa Francisco: "¿Qué habéis hecho con estos hermanos? ¿Dónde están vuestros hermanos?".

Siguen las muertes y sigue la "globalización de la indiferencia". Año tras otro, desde la impotencia y la rebeldía interior, se nos sigue helando el corazón con cada rescate o desaparición de un inmigrante fallecido. Sucede todos los años. Unas veces en esta orilla y otras en la de enfrente. Los cadáveres ya forman parte de este paisaje. A veces, nos toca enterrar a los muertos con la mayor dignidad posible. Otras veces, el mar se los traga y sólo el cielo y las estrellas acompañan a estos muertos. Y todos los que tienen algo que ver en este asunto, miran para otro lado, porque la culpa de los fallecidos en las dos orillas del Estrecho siempre la tienen los muertos.

¿Hasta cuándo vamos a asistir impasibles a todo esto? ¿Qué tiene que suceder para que nos sintamos interpelados a hacer algo?

Las palabras del Evangelio de Mateo resonaban en el patio del cementerio y nos devolvían a la alegría de Jesús cuando sale al encuentro de los pobres: "Venid a mí los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré".

Juntos rezamos la oración de los cristianos, el Padre Nuestro. La honda experiencia de sentirnos unidos y hermanos ante un Padre que nos ama a todos y siente una predilección especial por los más pobres y desvalidos. Nuestro sentimiento y silencio compartido también se unió a los inmigrantes musulmanes cuando empezaron a rezar la Fatiha. Todos ante un mismo Dios que entiende todos los lenguajes.

Al término del responso, cuando abandonábamos el cementerio, empezaron a caer unas gotas desde el cielo: el llanto y las lágrimas de Dios por los pobres de la Tierra.

 

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